El viaje fundacional: cruzar el mar por amor a Cristo
Desde el puerto de Cádiz hacia lo desconocido
Serie Fundación de las Clarisas Capuchinas en México (3)

Toda fundación auténtica comienza con un acto de fe. Pero hay veces en que la fe se traduce literalmente en movimiento: en abandonar la tierra conocida, en subir a una nave, en despedirse de los propios y lanzarse al mar. Así lo hicieron las primeras hermanas capuchinas enviadas a México. No partieron por turismo, ni por curiosidad, ni siquiera por obligación: partieron por amor. Porque el mismo Cristo que había nacido pobre en Belén y se hizo peregrino en Galilea, las llamaba ahora a ser extranjeras por Él.
La llamada se hace viaje
Una vez obtenidas las bulas pontificias y las licencias reales, la pregunta inevitable fue: ¿quiénes irán? ¿Qué hermanas serán elegidas para dejarlo todo y fundar al otro lado del océano?
Las seleccionadas formaban una comunidad pequeña, pero sólida: mujeres de oración, con experiencia en la vida capuchina, con salud y disposición misionera. Aunque los documentos no recogen todos sus nombres, los registros hablan de una superiora prudente, una maestra de novicias, algunas hermanas coristas y conversas, y una profunda unidad de espíritu entre ellas.
Cádiz: el puerto del desprendimiento
El puerto de Cádiz, a comienzos del siglo XVIII, era una puerta abierta al mundo. Desde allí zarpaban las flotas comerciales, los misioneros, los soldados, los buscadores de fortuna… y ahora también, unas mujeres humildes con hábito marrón, sandalias de cuero y corazones encendidos.
No llevaban dote, ni posesiones, ni promesas de retorno. Sólo un cofrecillo con objetos litúrgicos, algunos libros, y las constituciones de su orden. En la despedida, según testimonios indirectos, hubo lágrimas, abrazos y silencios largos. Algunas sabían que jamás volverían a ver a sus familias ni a su tierra.
Una de ellas, antes de embarcar, escribió en su diario: “Partimos por la gloria de Dios. Si el mar nos traga, sea en su nombre. Si llegamos, que seamos su incienso en tierra nueva.”
La travesía: mar, oración y riesgo
El viaje duró varios meses. La nave, probablemente un galeón mercante adaptado, cruzó el Atlántico a merced de los vientos y las corrientes. En cubierta, las hermanas recitaban los salmos. En la bodega, ayudaban a los enfermos. En la noche, oraban en silencio. No hubo misa diaria —no viajaban con capellán—, pero sí hubo comunión espiritual. Cada amanecer era un acto de fe. Cada tormenta, una prueba de abandono en la Providencia.
Pasaron hambre, calor sofocante, días sin avistar tierra. El balanceo continuo les impedía dormir con tranquilidad. Algunos marineros se burlaban de ellas, otros les pedían oraciones. Pero nunca perdieron la calma. Eran esposas del Crucificado. Y eso bastaba.
Primeras tierras americanas
Tras semanas de navegación, el vigía avistó tierra firme. La emoción fue contenida: no era el final, sino el comienzo. La llegada al puerto de Veracruz o Acapulco —según las rutas comerciales de la época— marcó el ingreso físico al continente americano. Pero aún faltaba el traslado por tierra hasta la Ciudad de México, en mulas o carretas, atravesando selvas, caminos fangosos y pueblos humildes.
Cada paso era incierto, pero también sagrado. Como Abraham dejando su casa. Como Clara huyendo de su palacio. Como María en su viaje a Belén. Porque todo viaje, cuando es de Dios, tiene sabor de promesa.
El silencio como bandera
Cuando por fin llegaron a su destino, no hubo recibimiento oficial ni procesión solemne. Llegaron al estilo capuchino: sin ruido, sin vanidad, sin protocolo. Con los pies polvorientos, los rostros cansados… y los ojos brillando de fe.
En su interior sabían que la fundación ya estaba hecha, no por el lugar, sino por el corazón. El claustro aún no existía, pero su espíritu ya habitaba en ellas. Lo demás —las paredes, los horarios, los oficios— vendrían con el tiempo. Lo esencial ya había sido sembrado durante la travesía.
La obediencia, el desprendimiento, la oración y la entrega silenciosa: ese era el verdadero equipaje de estas mujeres que cruzaron el mar no por aventura, sino por vocación.